Ya
es hora de ser un poco humildes. Algunos microorganismos pueden
manipular los circuitos neuronales mejor que nosotros.
Al
igual que la mayoría de los científicos, de vez en cuando asisto
a reuniones de mi profesión. La reunión anual de la Sociedad
para las Neurociencias conjunta a unos 28.000 investigadores,
14.000 ponencias y sus respectivos carteles. En medio de toda esta
abrumadora cantidad de información, está latente la convicción
de que, no obstante que la mayoría de nosotros “trabaja como un
negro” en el tema, aún estamos “en pañales” en cuanto a lo
que sabemos del funcionamiento del cerebro. Intimidado por tanta
información e invadido por una sensación generalizada de
ignorancia tenía el ánimo muy bajo. Lo que motivó mis
desmoralizantes reflexiones fue una reciente y extraordinaria
ponencia sobre la manera en que ciertos parásitos controlan el
cerebro de su huésped. La mayoría sabemos que los virus,
bacterias y protozoos disponen de sorprendentes y sofisticadas
maneras de utilizar el cuerpo de los animales para su provecho. Se
apropian de nuestras células, energía y estilo de vida para
prosperar ellos mismos, e incluso han llegado a desarrollar la
habilidad de modificar la conducta de su huésped para sus propios
fines. Ejemplos comunes de ello son los ectoparásitos,
microorganismos que colonizan la superficie de su huésped. Por
ejemplo, ciertos ácaros se adhieren a la espalda de las hormigas
y, al perforar su cabeza, producen un reflejo que las hace vomitar
alimentos que el ácaro se come. Algunos oxiuros (pequeños
gusanos)depositan sus huevecillos en la piel de los roedores. Los
huevecillos secretan una sustancia que provoca comezón; cuando el
roedor se rasca con los dientes ingiere los huevos que, una vez
dentro de él, se incuban plácidamente. Los intrusos molestan
a su huésped con el fin de provocar cambios en su conducta que les
sean favorables. Pero algunos parásitos incluso alteran la función
del sistema nervioso mismo. A veces lo logran de forma indirecta
mediante la manipulación de las hormonas que influyen en él. En
Australia hay percebes (Sacculina granifera, una variedad de
crustáceo)que se adhieren a los cangrejos machos y secretan una
hormona feminizante que induce en éstos una conducta maternal.
Actuando como zombi, el cangrejo cava agujeros en la arena para
los huevos. Por supuesto, el cangrejo no los depositará, pero sí
el percebe. Si éste infecta a un cangrejo hembra, induce la misma
conducta maternal después de atrofiar sus ovarios, práctica
conocida como castración parasitaria.
Por
raros que parezcan estos casos, al menos en ellos los organismos
permanecen fuera del cerebro. Pero hay casos en que los parásitos
se las arreglan para penetrar el cerebro. Son microscópicos, en su
mayoría virus, y no gigantescas criaturas como los ácaros,
oxiuros y percebes. Una vez dentro del cerebro, estos diminutos
parásitos están relativamente a salvo de los ataques
inmunológicos y pueden concentrar sus esfuerzos en distraer la
maquinaria neurológica para su provecho.
El
virus de la rabia es uno de estos parásitos. Si bien desde hace
siglos se conocen las reacciones que produce, nadie —hasta donde
yo sé— las ha abordado desde el punto de vista neurobiológico,
justo lo que me propongo hacer. Son muchos los mecanismos que el
virus podría utilizar para pasar de un huésped a otro. Para ello
no necesita llegar al cerebro. Podría haber recurrido a un truco
similar al de los agentes que provocan el catarro, es decir,
irritar las terminaciones nerviosas de la cavidad nasal para
provocar estornudos que dispersen réplicas virales por todas
partes. De esta manera, el virus puede trasladarse fácilmente
delhuésped a la persona que está sentada delante en el cine. O
bien, el virus podría inducir un deseo insaciable de lamer a una
persona o a un animal, con lo que lograría que la transmisión
fuera a través de la saliva. Pero no: como todos sabemos, lo que
hace es volver agresivo a su huésped, lo que le permite pasar a
otro organismo a través de la saliva que penetra en las heridas
producidas al morder.
Muchos
neurobiólogos están dedicados a estudiar las bases neuronales de
la agresión: losmecanismos cerebrales y neurotransmisores
involucrados, las interacciones entre los genes yel ambiente, la
modulación hormonal, etcétera. La agresión ha sido el tema
central de conferencias, tesis doctorales, quisquillosas riñas
académicas, desagradables disputas de autoría y demás. Sin
embargo, aunque el virus de la rabia siempre ha “sabido” qué
neuronas debe infectar para que alguien se vuelva rabioso, hasta
donde sé, ningún neurólogo se ha dedicado específicamente a
estudiar la rabia para conocer la neurobiología de la agresión.
Por extraordinarios que nos parezcan los efectos virales descritos,
pueden serlo aún más gracias a la inespecificidad del parásito.
Suponga que usted es un animal rabioso y muerde aalguna criatura en
la cual el virus de la rabia no se reprodujera bien, como los
conejos. Por muy notables que fueran los efectos conductuales
causados por la infección en el cerebro, si el impacto del
parásito se diversificara demasiado, éste podría ir a dar a un
huésped que no leofreciera ninguna oportunidad. Esto nos lleva a
un caso de control cerebral maravillosamente específico y al tema
de la ponencia de Manuel Berdoy y sus colegas de la Universidad de
Oxford. Berdoy y suscompañeros estudiaron un parásito denominado
Toxoplasma gondii. En una utopía toxoplásmica, la vida
consiste en una secuencia de dos huéspedes: roedores y gatos. El
roedor ingiere al protozoario y éste provoca que aparezcan quistes
en todo su cuerpo, especialmente en el cerebro. El gato se come al
roedor, después de lo cual, el toxoplasma se reproduce en su
cuerpo. Los parásitos desarrollados se albergan en las heces
fecales del gato, las cuales son mordisqueadas por los roedores y
el ciclo vital del intruso inicia nuevamente. Esta trama gira en
torno a la especificidad: los gatos son la única especie en la que
eltoxoplasma se puede reproducir y esparcir. Al toxoplasma no le
convendría que a su roedor huésped lo devorara un halcón, o que
las heces del gato fuesen ingeridas por un escarabajo pelotero. De
hecho, este parásito puede infectar todo tipo de especies, y para
reproducirse, lo único que necesita es ir a dar a un gato. Debido
al potencial del toxoplasma para infectar a otras especies, en
los libros sobre qué hacer durante el embarazo se recomienda
evitar tener gatos y su caja de arena dentro de la casa, y que las
embarazadas eviten trabajar en el jardín si hay gatos alrededor.
Si eltoxoplasma que se encuentra en las heces de un gato logra
trasladarse a una mujer embarazada, también puede introducirse en
el feto y causarle daño cerebral. Las mujeres embarazadas que
están bien informadas se ponen inquietas ante la presencia de
gatos, pero los roedores infectados de toxoplasma reaccionan de
manera contraria. El extraordinario truco de este parásito
consiste en lograr que los roedores dejen de ponerse inquietos.
Todos los buenos roedores evitan a los gatos, una conducta que los
etólogos denominan patrón de reacción fijo: el roedor no genera
una aversión por ensayo y error (no tienen muchas oportunidades
para aprender de sus errores con los gatos). Los roedores llevan en
las entrañas la fobia a los felinos y la advertencia les llega por
el olfato mediante las feromonas, señales químicas odoríficas
que producen los animales. Instintivamente, los roedores huyen ante
el olor a gato, incluso aquéllos que nunca han visto un gato en
toda su vida, como los descendientes de cientos de generaciones de
animales de laboratorio. La excepción de lo anterior son los que
están infectados con toxoplasma. Berdoy y su equipo han demostrado
que estos roedores pierden selectivamente su aversión y temor ante
las feromonas de los gatos. Ahora bien, el anterior no es un caso
general de un parásito que se mete en la cabeza de unhuésped
intermedio, lo atolondra y lo vuelve vulnerable. En los roedores
todo lo demás queda intacto. El comportamiento social del animal
no se modifica; sigue interesado en aparearse y, por lo mismo, en
las feromonas del sexo opuesto. Los roedores infectados pueden
distinguir otros olores, simplemente no rehuyen los de feromonas de
gato. Esto es como para dejarnos sin habla; es como si un parásito
infectara el cerebro de alguien, sin que ello afectara sus
pensamientos, emociones, calificaciones y preferencias de programas
de televisión, pero para completar su ciclo vital, produjera en su
huésped un impulso irresistible de ir al zoológico, trepar una
valla y tratar de dar un beso apasionado al oso polar con pinta de
ser el más enojón.
Citando
el título del artículo del equipo de Berdoy, se trata realmente
deuna atracción fatal inducida por un parásito. Es obvio que
todavía falta mucho por investigar. Y menciono esto no sólo
porque así suelen concluir los artículos científicos, sino
porque este descubrimiento es algo extraordinario que alguien tiene
que estudiar cabalmente. Y también porque —permítanme asumir
una actitudde Stephen Jay Gould— nos aporta más pruebas de que
la evolución es algo asombroso. Muchos de nosotros sostenemos la
idea profundamente arraigada de que la evolución lleva un rumbo y
es progresiva: los invertebrados son más primitivos que los
vertebrados, los mamíferos son los vertebrados más evolucionados,
los primates son genéticamente lo más selecto de los mamíferos,
etc. Algunos de mis mejores estudiantes constantemente se tragan
todas estas ideas, no obstante todo lo que les reitero en mis
conferencias. Si uno adopta gustosamente esta idea, no sólo estará
equivocado, sino tampoco muy lejos de una filosofía que considera
que la evolución de los humanos ha seguido una dirección, siendo
los más evolucionados los europeos del norte que gustan de las
chuletas y de marchar a paso de ganso. Recuerden, existen criaturas
capaces de controlar nuestro cerebro. Organismos microscópicos y
otros mayores, con más poder que el Gran Hermano y, desde luego,
que los neurólogos. Mi reflexión sobre un charco de la acera me
llevó a una conclusión opuesta a lo que Narciso pensaba mientras
contemplaba su reflejo. Tenemos que ser humildes desde el punto de
vista filogenético. Sin lugar a dudas no somos la más
evolucionada de las especies, ni la menos vulnerable y tampoco la
más inteligente.
Artículo
extraído de la revista científica Scientific American