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martes, 15 de octubre de 2013

UNA MADRE EJEMPLAR

Cada especie animal tiene una estrategia reproductiva. Hay especies en las que los padres no conocen a sus crías y hay otras que se desvelan por ellas. En unos casos colaboran los dos sexos y en otros, sin embargo, es uno de los progenitores quien se hace cargo del cuidado.

El resultado final es el mismo: algunos de los hijos e hijas llegan a la edad reproductiva para perpetuar la especie.



El caso que aquí muestro es el de una araña, perteneciente a la familia de las llamadas "arañas lobo", que vulgarmente la gente conoce como tarántulas.

Estas arañas no hacen una tela vertical y esperan a que un insecto volador quede atrapado en ella, sino que tienen su madriguera en un agujero en el suelo y ponen unos hilos de seda cerca de la puerta para notar cuándo pasa por allí un insecto. Entonces salen y en un ataque rapidísimo cogen a la presa y se la llevan a su guarida.

Cuando la araña hembra es fecundada por el macho, fabrica con su seda un capullo donde pone los huevos y se queda cuidándolos durante todo el tiempo que transcurre hasta que salen las pequeñas arañas.

Durante ese tiempo (casi un mes), la araña hembra no sale a cazar porque lo primero es proteger a sus futuras crías.

Cuando nacen las arañas (unas 50 o 60), no ha terminado aún su trabajo: las arañitas se suben al dorso de la madre y permanecerán así más de una semana hasta que mudan su exoesqueleto, que es su manera de crecer.

Es posible que algunas de las recién nacidas se caigan de la espalda, pero enseguida trepan por las patas de la madre hasta la seguridad de su lomo.

Cuando las pequeñas han crecido lo suficiente y han agotado las reservas que traían en el huevo, dejarán a la madre y saldrán a buscarse la vida.






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